lunes, agosto 07, 2017

Libres en prisión

Lunes, 9.30 a.m.
Es mi segunda entrada al Centro de Cumplimiento Penitenciario Colina 2. Ya habíamos estado el viernes pasado con un hermano de la Iglesia Presbiteriana de Chile. Ese día, participamos  del culto que se desarrolla en el templo "El Alfarero" que se ubica en el patio del módulo 6 de dicho penal. Un culto Pentecostal como nunca había visto. Y es que la pasión y el denuedo con que esos hermanos en Cristo alaban a Dios, eriza la piel. Son hombres rudos, con rostros que dejan ver que han pasado cosas en la vida... o que la vida les pasó por encima. Pero allí están; oran como si la vida se les acabara, dan tres 'Gloria a Dios' cada vez que pueden, cantan 'En Cristo tengo libertad' entre lágrimas... sin duda una experiencia imborrable. Nos llevan hasta el altar y allí nos invitan a tomar asiento para seguir el culto donde he sido invitado a predicar. Una vez terminado el servicio, nos conducen nuevamente por los pasillos hasta volver "a la libertad".
Pero hoy fue un poco diferente. 
Antes de las 10.00 estábamos en nuestro centro de operaciones: la sala de estar del módulo 6. Un oasis entre los módulos del sector sur. Hasta ese lugar llegó Cristian, un hombre joven, alto, delgado, de mirada dura, pero con una humildad tremenda. Nos lo presentan como el encargado del módulo 3, lugar donde hemos sido designados para trabajar con los hermanos. Nuestro trabajo estará concentrado en la enseñanza (predicación) y en el acompañamiento espiritual.
Algunos minutos después, el Capellán Evangélico del "CCP Colina 2" habla al hermano Cristian: "Hermano, ellos van con ustedes. Por favor, me los cuida. Cuídelos al entrar y al salir. A las 11.50 los quiero acá". Y partimos. Desde el módulo 6 al módulo 3 hay unos 100 metros. Tal vez un poco menos. En todo el trayecto por un pasillo similar al de la foto, los internos nos saludan y nos piden la bendición. Intento ser amable y estrecho la mano de todos los internos no cristianos que extienden su mano para saludar. El hermano Cristian insiste en que caminemos rápido, así que me someto a su autoridad. El hedor que hay en este pasillo es nauseabundo y muy penetrante. Los internos barren una mezcla de basura, restos de comida y barro. Desde los pisos superiores gotea agua de color negro y desde las rejillas de los pasillos cuelgan papeles, restos de envases y restos de comida. 
Llegamos al módulo 3. Tres internos se garabatean. Uno acusa a otro de no haber hecho nada para celebrar a sus hijos en el día del niño (había sido celebrado el viernes en la tarde, con juegos inflables, payasos, dulces y otras cosas). Entramos al módulo, pisando algún líquido viscoso en el suelo. "Cuidado siervo. Eso es grasa de pollo. Si la pisa, puede resbalar y caer", me advierte uno de nuestros guías. Dentro del módulo, nos conducen por sinuosos pasillos entre las literas de los internos. El lugar es lúgubre, frío y con un profundo olor a encierro. Llegamos a una puerta (que no tiene puerta) que nos invita a acceder al patio del módulo 3. Mucha basura acumulada en las orillas del sendero que han dejado para caminar. En el patio hay gente caminando de un extremo a otro, fumando, lavando ropa; un par, juega un partido de tenis.
Entramos a una ranchita de 5x4 metros: es el templo del módulo 3. 8 bancas, 5 sillas, un púlpito, cortinas, un amplificador para la guitarra y otro para el micrófono. Soy invitado a coordinar el servicio. 8 hermanos nos acompañan. Leo el Salmo 127 por indicación del encargado del módulo 3. Cantamos. Escuchamos testimonios. Oramos. Recogemos la ofrenda. Cantamos. Escuchamos la Palabra de Dios expuesta por mi partner presbiteriano. Cantamos. Oramos. Terminamos nuestro culto.
Como hay tiempo (terminamos tipo 11.20), somos los invitados de honor a un café y una ronda de mate. Dos paquetes de galletas son abiertos en nuestro honor. Nuestros hermanos nos cuentan cómo el hecho que estemos allí, es una respuesta a sus oraciones. Lloran de alegría al saber que nosotros, en "la libertad", estábamos orando hace más de un año y medio para poder entrar a la cárcel a servirles a ellos. Disfruto de un mate, mientras hablamos de la forma de gobierno presbiteriana y del evangelismo relacional que desarrollamos, en vez del 'punto de predicación'. 
Voy por un segundo mate, pero somos abruptamente interrumpidos por el líder. Nos toman literalmente del brazo, corremos por los mismos pasillos oscuros del primer piso del módulo 3, y somos llevados sin poder cruzar palabras con "los gentiles" que nos saludan en el pasillo. 
Después de una oración en el módulo 6, el oasis de orden y limpieza del sector sur, somos conducidos velozmente hacia la reja que nos dejará nuevamente en "la libertad". Será hasta el miércoles.
Es tremendo estar participando de esto. Si bien es cierto había tenido una experiencia anterior visitando presos en una cárcel en el sur, esta vez es diferente. Los internos son de alta peligrosidad (no todos lo son). Para algunos, la cárcel más peligrosa de Chile. En febrero de este año hubo incidentes que dejaron varios reos heridos. Algunos de gravedad. El hacinamiento y las sangrientas riñas son panorama habitual del recinto que es considerado el quinto más complejo de Latinoamérica. 
En este lugar estamos acompañando a hermanos en Cristo que tienen deudas con la justicia. Hermanos en Cristo que, estando en prisión, son libres.

2 comentarios:

Teresita Marín dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Teresita Marín dijo...

La opresión que siente el corazón al leer tu relato, es también respuesta a las oraciones de Iglesia UNO para amar a nuestros hermanos en prisión. Gracias Jano por compartir la bendición de servir a los hermanos menores que vuelven a casa.